Ante las múltiples solicitudes (como 2 ó 3) para que creara un blog en las que estuvieran algunos de mis escritos, ahí se los dejo para que opinen lo que se les dé la gana, nomás no exageren...

miércoles, 15 de agosto de 2012


Los Peseros.


Alrededor de los años sesentas y setentas para ser precisos (la precisión en los datos es una premisa que debemos perseguir nosotros los historiadores -¿nosotros? me huele a manada, ya que aún no lo soy y debo aclararles que si bien yo no aún no pertenezco a tan histórica manada, creo que no huelo a manada, eso se los dejo a mis poco higiénicos y mal ventilados clientes-), surgieron en la ordenada y pulcra capital de la república mexicana, unas lanchas (aunque algunas parecían kayaks) con cuatro ruedas cuyo apelativo era el de taxis colectivos y que por el hecho de cobrar a un peso la dejada (¿dejada?), se les asignó el popular mote de peseros y posteriormente también se les adjudicó el bello y acuático nombre de peseras.

Dichos vehículos tenían (y tienen) la osadía de acomodar en su interior, el mayor número posible de personas, de tal manera que en aquellos lejanos años, cada vez que salían personas de esos armatostes, dichas personas se parecían a los payasos de circo que salen de un cochecito tal y como aparecen en las caricaturas, dicho ejercicio de fuga era por demás molesto (y lo sigue siendo) ya que por azares del destino a uno le tocaba en medio y había que moverse de su lugar como si fuera uno un hábil contorsionista y para salir de tan apretujado y asfixiante vehículo, uno tenía que repetir el ágil numerito.

El viaje era (y es) por demás insufrible sobre todo cuando a uno le tocaba el infortunio de viajar junto con una o dos personas de rollizas y voluminosas proporciones, mismas que por alguna extraña razón hacen mella estrepitosa sobre nuestros cuerpos (al parecer a propósito), haciendo especial énfasis sobre nosotros los que poseemos una frugal y raquítica masa corporal (he llegado a creer que esto lo realizan quizás en venganza por algo que no hemos cometido, nosotros los enjutos de volumen).

Con inefable exactitud creo y estimo que fue a principios de los años ochentas que tales cámaras de tortura (vulgo peseros) se convirtieron (no se convirtieron, pues ni que fueran calabazas cenicientezcas) en combis, tales cajas metálicas con ruedas eran (y son) un poco menos incómodas que las chalupas con llantas que existían anteriormente, aunque el apretujadero siguió (y sigue) siendo casi el mismo, con la ventaja de que para bajar uno no tiene que saltar olímpicamente al vecino de al lado, aunque de repente había (y hay) pisotones involuntarios.

Por increíble que parezca el que más sufría (y sufre) es aquel pobre individuo que viajaba (y viaja) sólo (o acompañado) en un banquito así de chiquito y así de incomodo, haciendo gala de increíble prestancia de equilibrista, ya que con la fina y recatada forma de conducir de los finos y recatados operadores de tales unidades vehiculares, los arrancones y  enfrenones (ambas palabras no existen, pero me entienden ¿no?) están de a peso (bueno en éste sentido hay que agradecerles a tan exquisitos chóferes, que no cobren por tan intempestivos movimientos automotores), por lo que viajar en el banquillo de los acusados es por llamarlo de laguna manera, un gran ejercicio acrobático.
Exactamente hace algunos años, en ésta segura y excelsa entidad federativa conocida como Estado de México, las combis empezaron a cambiar (¿?) su fisonomía y eventualmente pasaron a ser unas camionetas con la misma forma e incomodidad de las combis, pero un poco más amplias, aunque paradójicamente son aún más incómodas ya que los angelitos operadores (vulgo chafiretes) meten con calzador la friolera cantidad de 17 pasajeros, sí dije 17.

-Abro un paréntesis (¿más? ¡qué hueva!) para aclarar a mis finos lectores (y digo finos, por que algunos de ellos han tenido la suerte y fineza de jamás haber abordado ninguna de éstas unidades… ¡suertudotes!), que en los primeros peseros viajaban plácidamente 6 pasajeros y el pulcro chofer, en las segundas peseras viajaban (y viajan) cómodamente de 12 a 13 pasajeros y el cristalino chofer y hoy en las nuevas y aromáticas camionetas viajan 17 o más pasajeros y el nítido chofer-.


Cierro paréntesis para continuar con mi bello relato…
Han de saber que yo habito en el hermoso, moderno, ordenado y pujante (sobre todo pujante) municipio de Coacalco desde hace 26 años, y muchos de esos años (para seguir con las precisiones temporales) los he vivido placenteramente trepado en dichos vehículos automotores ya que no me queda de otra, en algún tiempo (hoy ando afiladito con las precisiones cronológicas)  tuve a bien viajar elegantemente en mi propio automóvil, pero debido a que me robaron dos coches dos y a que era una lata indescriptible viajar de mi feo municipio al lindo Coyoacán pa’ chambear, es que ya no poseo automóvil -bueno si, pero no-. Esto que les acabo de describir (lo de viajar hasta acá no lo del robo de mis coches) es sólo para aclararles que poseo una gran experiencia en cuanto a viajes peseriles, y eso me hace docto y erudito para continuar con mi preciosa plática peserezca.

Para poder trasladarme de mi residencia hacia cualquier punto de ésta atiborrada megalópolis y viceversa hago uso y abuso de tan nombradas unidades, siendo para mí lo más espantoso el viaje de regreso, ya que si tengo que desplazarme del Distrito Federal hacia éstos lares, primero tengo que llegar a las paradisíacas terminales del metro Cuatro Caminos o Indios Verdes en donde el escrupuloso orden y aseo es por demás plausible y presumible, las aguas que corren por los canales hechos ex profeso (antes eran carriles para que los peseros y autobuses circularan y se estacionaran en ellos, pero con eso de las interminables lluvias, pus ahora son canales fluviales) son limpias e inodoras, aunque he de confesar que a veces huelen a madres.

Una vez situado en una de esas primorosas terminales, procedo a formarme en una fila (que a veces parecen dos) para abordar la unidad automotriz que me trasladará hasta mi residencia, después de algunos minutos (a veces son cientos) por fin apoltrono mi escuálido trasero en alguno de los duros y estrechos asientos esperando a que se llene para que el amable operador empiece el largo y sinuoso camino.

Después de algunos minutos (que a veces es más de una hora, cuando no hay suficiente pasaje) empieza la terrible pesadilla, si, por que a veces resulta una larguísima e intricada aventura, olvídense de “Jasón y los Argonautas”, ya que el Periférico o la autopista de Pachuca generalmente   se encuentran colmadas de un gran volumen de vehículos automotores, en pocas palabras está hasta la madre de lleno.

Tiempo, mucho tiempo dura el recorrido y aunque a veces llevo algún libro o escrito inherente a mi fastuosa carrera, pocas veces puedo disfrutar de la lectura, ya que generalmente los operadores tienen a mal no prender la luz interior y cuando la prenden resulta que es de color violeta, verde o roja para darle un toque más elegante a su unidad (a veces me he llegado a preguntar, y si me traigo el libro de Dante Alighieri que engalana mi vasta y generosa biblioteca, ¿qué ambiente se te podrá conjugar en la lectura del infierno cobijada con la re-chula luz roja?).

Ya saben que uno de los máximos tormentos a los que somos sometidos los pasajeros (al menos pa’ mi) es la de chutarse la ecléctica música que disfruta el chofer de la unidad… reggaeton, cumbias, salsas, rap, hip-hop, tribal (¿?) y demás tipos de “música“, se entremezclan, se aglutinan y aderezan finamente en una amalgama de sonidos que nutren el espíritu, en que de manera simbiótica interactúan con nuestro intelecto, trayendo consigo una indescriptible sensación de frescura y libertad acústica, refinando al máximo nuestr… ¡ya, ya párale flaco! ¿nomás di que te choca esa música y listo!

Bueno y cuando no ponen un disco hay que fregarse escuchando la “¡Ke-Buena!” o “¡Laaaa Zetaaa!”  y su nefasto programa del “Pandashow” (o como se llame ese bodrio) en el cual realizan bromas por demás pesadas y corrientes (yo no soy muy fino que digamos pero al menos si tengo el criterio para  diferenciar cuando una broma es buena o mala, o cuando  un programa radiofónico es malo o pésimo), es horrible escuchar cómo dichas bromitas llegan hasta el límite de enfermar, enojar o hacer llorar a una mujercita de la tercera edad en plenitud de facultades (vulgo viejita).

Bueno, aparte de soportar lo que venga escuchando el fino operador, también hay que aguantar su manera de manejar, se frenan y arrancan como si les pusieran o quitaran alternadamente un chile de la cola… ¡neta!

Se dan vueltas prohibidas, invaden carriles, se echan sus carreritas con otras unidades, mientan madres, en fin… hacen gala de sus habilidades de manejo.

Capítulo aparte están los pasajeros.

Existen muchos tipos de pasajeros que viajan en esos templos del suplicio o en cualquier medio de transporte masivo, pero hay algunos tipos de pasajeros que podrían encasillarse y distinguirse de los demás, en este escrito sólo mencionaré algunos cuantos por que ya me empecé a cansar de escribir…

Los rockolocos:

Son aquellos personajes y personajas (no tienen nada que ver con el adminículo ruidoso que se les brinda a los bebés para su sano e inocente esparcimiento), que tienen a bien alocarse con cualquier tipo de música, en especial con el rock, ya que escuchan su I-Pod o equipo sonoro que posean y al parecer se poseen diabólicamente con su música, ya que tocan la guitarra, la batería y hasta cantan, valiéndoles gorro lo que opinen los demás pasajeros de sus extraños movimientos y sonidos que expelen estos individuos e individuas.

A veces alucinan tanto que hasta le dan un ligero llegue a alguno de los pasajeros que tenemos la mala fortuna de estar sentados a su lado.
Una vez me toco ver que un chavo estaba por demás extasiado con su música tocando al aire venturosamente su batería y en un de repente cuando iba a tocar uno de lo platillos… ¡cuazzz! ¡que se le cae su aparato reproductor! (y me refiero a su I-Pun u lo que haya sido y no aquel en el que están pensando), lo levantó y pus… pus… pus… ¡ya no juncionó! ¡nimodos! Con tremendo estupor y cara de puchero, tristemente se dio a la tarea de guardar con resignación su aparatito de sonido.

Moraleja.- Si alguna vez piensan emular a Eric Clapton, Bill Bruford o a “Choche” (el del grupo Bronco), por favor háganlo con finura y delicadeza ya que pueden llegar a enfadar a sus vecinos de asiento y/o descomponer feamente su aparato sonidero.

Los comelones:

Este espécimen es muy común en el trasporte público y son personas que ya sea por que no comieron o no comieron bien o simplemente por que la gula corroe sus entrañas, se dan a la tarea de degustar cualquier tipo de comida mientras se desplazan apretujadamente hacia sus destinos y cuando digo cualquier tipo de comida, es cualquier tipo de comida, ya que he visto (y olido) deglutir alimentos por demás inverosímiles y extraños en mis múltiples viajes.

Hago un segundo paréntesis (¿otro? ¿acaso éste fulano no puede escribir de corridito? -pus no y ahora se aguantan o se saltan ésta parte-), consistente en un comentario acerca de mis cualidades olfatorias y que en múltiples ocasiones he escrito y hecho referencia.  Han de saber (para los que no me conocen físicamente) que éste escuálido personaje posee un apéndice olfatorio (vulgo nariz) de grandes proporciones y por lo mismo al parecer huelo de más. Es tal el desproporcionado tamaño de mi nariz que tanto “Los Tucanes de Tijuana” como el Partido Verde Ecologista (¿ecologista?) me han hecho sendas propuestas para que funja con mi imagen como su logotipo, propuestas que he denegado por que mi ética personal me lo prohíbe, ya que no me gusta la música de los rítmicos tucanes y no comulgo ni tantito con los partidos políticos rémoras… es más, con sus perdones patroncitos, pero no comulgo con ningún partido político.


Cerrando el paréntesis, continúo con la degustativa plática… es increíble la cantidad de cosas que come la gente en el trasporte público que va desde simples botanas, hasta sopas, huaraches, fruta, ensaladas y tacos de barbacoa preparados al momento.
Siii, una vez en el pesero una señora llevaba una canasta, la cual destapó y un rico olor a barbacoa impregnó el ambiente, de un lado de la casta sacó un tambache de tortillas y repartióles con gusto y generosidad a sus acompañantes, traían dos salsas dos, nopales, habas y aguacates, éstos últimos los cortó con quirúrgica precisión y embarróles una buena porción de tan exquisita fruta, en la tortilla de cada uno de sus comensales (que eran  cuatro personas que la acompañaban), tan sabroso platillo fue acompañado, empujado y deglutido acuosamente gracias a que la “güera” (una chamaquilla como de 14 años) en su bolsa traía unos refrescos.
¿Quién quiere la coca?… la Lulú viene bien fría… te dije que compráramos más Bonafinas… y así.

Una vez me tocó ver y oler a un señor que no quiero recordar (pero ya me acordé), dicho menganote era poseedor de unas inmesidades corporales que saltaban a la vista (pobres de mis ojos) y ocupaban casi tres asientos, el individuo gordo se devoró 4 ídems femeninas cuyo relleno era piel de cerdo frita condimentada con salsa roja, de éste tamañote y de éste grosor eran (más o menos de unos 20 cm. de diámetro y unos 3cm. de ancho cada obesita), al principio olía sabrosón pero después de segunda gorda como que empiezan a dar ciertas nauseas ya que el fuerte olor a corpulenta de chicharrón, estaba aderezado con múltiples enfrenones, arrancones y vueltas que el diestro chofer imprimía a su unidad.

Los habladores:

Esta nueva raza de seres humanos ha proliferado gracias a los grandes avances tecnológicos de los últimos años, y son aquellas personas y personos que hablan y hablan y hablan y hablan sin parar…

Siiii, esas personas que ya tienen las orejas planas de tanto hablar por celular ¿para que hablan? ¿por qué? ¿que tanto hablan? ¿quién soporta su insulsa plática? ¿cuál es el gusto de no parar la lengua ni un minuto? ¿qué sienten al hablar? ¿cuánto pagan por darse el gusto de hablar como loro huasteco? ¿acaso son millonarios? y en caso afirmativo ¿por que viajan en pesero si tienen tanta lana? ¿acaso son extraterrestres y vienen del planeta Charlópolis?

No lo sé, pero es desesperante verlos y escucharlos hablar por celular a un sinfín de personas que además se nota que no los pelan o casi no los conocen. A veces se avientan todo el recorrido (una hora o más) hablando por teléfono a varias personas que la verdad los compadezco. Estos curiosos especimenes tienen además la cualidad de hablar recio y claro, por lo que todos los ocupantes de la pesera nos enteramos perfectamente de todos sus aconteceres y sentires…

Ejemplo del diálogo que en este caso es como monólogo (por que no se escucha a la otra persona) es el siguiente:

¡Hooola Rebeca! ¡cómo estás!… ¿qué quién soy?… soy yo… sí yo… ¿qué no te acuerdas de mi? … soy yo, Canuto… ¿que cuál Canuto?… el del trabajo… no, ese no… a ver adivina… no, no soy el de las copias… ¿a poco no te acuerdas de mi?… ay, si estuvimos platicando un buen rato en la mañana… noo, yo soy Canuto… si, el gordito de lentes… ándale ese mero… ¡cómo estás!… ah que bueno… ¿qué estás haciendo muñequita?… ¿cómo que nada?… pus ya ponte a hacer algo, jajaja… ah, estás viendo la tele… ¿y que ves?… ay ¿y eso no te aburre?… ¿que no?… pus a mi si…

Y así sigue el insulso “diálogo” por unos minutos (interminables -me imagino-para la chava y también para nosotros sus acompañantes), hasta que al parecer a la chava se le prende el foco…

¿qué? ¿que ya te vas?… uy que mala, ya no quieres platicar conmigo… ¿que te tienes que meter bañar?… ¿a ésta hora?… uy… no ps’si… ni modo, mañana nos vemos, ehh princesita… si, que sueñes con los angelitos… si, bye.

Por fin termina el chavo y a los 15 segundos vuelve a marcar…

¡Hooola Alicia! ¡cómo estás!… ¿qué quién soy?… soy yo… sí yo… ¿qué no te acuerdas de mi? … soy yo, Canuto… ¿que cuál Canuto?…

Y así por los siglos de los siglos…

Quizá sea yo un remilgoso y sangrón pero la verdad si saca de onda que la gente no se despegue del teléfono celular, tal vez esto sea por que yo casi no hablo y casi nadie me habla por dicho instrumento, mismo que yo utilizo en contadas ocasiones y sólo para hablar algo útil y concreto ¿qué si quieren platicar conmigo más tiempo?… ya vas, nos vemos en una cafetería y platicamos todo lo que quieras… ansinita es el flaco de mamón, sorry.

Bueno me quedaron en el tintero (teclado) otro tipo de seres humanos que viajan en el transporte público (los noviecitos, las mujeres amamantadoras, los enojones, los borrachos, etcétera), pero eso será para un próximo escrito mismo que saldrá un poco antes de los dos días posteriores al día menos pensado.

Saludos y que la paz sea con vosotros y con sus respectivos y respectivas…






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