Holas a todos!!!
El próximo 31 de diciembre, cumpliré 10 años 10 de NO trabajar (afortunadamente) como empleado en el D.F., lo que me hizo recordar funesta y estrepitosamente la larga cadena de amargura que sufría diariamente (hasta sábados y domingos) para transportarme a mi indigno trabajo como subdirector en la procu de la misma Entidad Federativa.
Para ese entonces yo tenia un lindo carrito rojo de marca Jetta, automático, con quemacocos y un estéreo chidito, de lujo pues, pero que debido a mi grandiosa y estúpida bondad, cedía dicho auto a la que entonces era mi esposa, para que se paseara ella y mis bellos párvulos.
Entonces no me quedaba de otra más que transportarme en el servicio público de pasajeros. Salía yo tempranito cuando aún estaba oscurito, muy bañadito, peinadito y trajeadito (ahh y con los zapatos boleados), con un sueño de la fregada ya que sólo dormía entre 4 y 5 horas diarias (y ésto debido a una maléfica e ingrata costumbre del director general, cuya regla era que no se podía mover de la oficina nadie de los mandos medios y superiores, hasta que a él le daba la gana y a éste perturbado personaje le daba la gana de irse a pernoctar a su casa -como a 10 min.de la oficina- como a las ¡10:30 u 11 de la noche!), por lo que yo iba con unas ojeras dignas de un mapache trasnochado, traía en la panza sólo un licuado con su respectivo huevo, por que la verdad no me daban ganas de desayunarme algo más (los que me conocen bien saben que nunca he ingerido muchos alimentos) y pues tenía que traer algo en el estómago para soportar la gran odisea que me esperaba.
Recordando que su servidor vive lejísimos de todo (en Coacalco), al otro lado del sol, a dos cuadras y media a la derecha.
Con frío y sueño y despúes de muchos minutos de esperar, aparecía el vetusto autobús, con una lentitud digna de un cortejo funeral, le hacía la parada y trataba de treparme por donde fuera, ya sea por la puerta delantera o la trasera, por donde pudiera subir, ambos accesos eran por demás engorrosos, ya que si me subía por la puerta delantera, el traslado hacia la parte media de dicho autobús era infrahumana...apretones, pellizcos, pisotones etc., y por la parte trasera, quizás era menos incómoda pero, resultaba más honerosa, ya que había que pasar el dinero del pasaje de mano en mano hasta que llegara al fino y pulcro chofer, por que por alguna extraña razón el dinero llegaba íntegro al operador de la unidad, pero jamás de los jamases el cambio le llegaba íntegro a éste servidor (cuando llegaba).
El chofer se daba el lujo de ir despacito, muuy despacito...haciendo 458 paradas en promedio, aunque nadie le hiciera la parada, él se paraba y volteaba a ver quién le hacia el favor de traparse a su nítida y perfumada unidad, durante el camino el muy ingrato tenía la malsana costumbre de ponernos la peor música del mundo a todo volumen, traía la luz apagada (para hacer aún más tenebroso el camino) pero en la parte frontal, invariablemente estaba adornada por focos de color rojo y morado iluminando de manera tenue la imágen de la virgen de Guadalupe o de un Cristo sufriendo (yo me imagino que cuando compró dicha imagen, Jesucristo estaba sonriendo, pero con el fragor de los mil y un viajes, la imagen cambió su fisonomía y no le quedo de otra más que poner dicha cara -yo también lo haría-).
Después de mil vueltas, acelerones y salvajes enfrenones (¿existe ésa palabra?), por fin llegamos a nuestro destino, había que bajarse rápida y habilmente para no sufrir los últimos pisotones y empujones del viaje, ya medio despeinado y arrugado me disponía a tratar de identificar en donde estaba la entrada al metro, por que todos los días había nuevos puestos, después de varias vueltas sobre el laberinto que representa la aglomeración de aproximadamente 18 mil puestos, por una hendidura entre puestos de ropa (¿ropa?), comida (¿comida?) y discos (¿discos?) por fin alcanzaba a divisar la entrada del metro.
¡¡¡En la madre!!! -pensaba yo- la gente llegaba hasta la entrada de las escaleras del metro, y pues inciaba el calvario de tratar de entrar a la atiborrada estación, cual reses a punto de entrar al matadero (al menos así me sentía) nos conducían por una interminable doble fila de barrotes, caminando como si fuera uno Morticia Addams, con pasitos discretos ya que habíamos aproximadamente como 4 o 5 personas por m², y si por algún motivo no traía boletos, híjole, había que hacer una fila como de 15 minutos para conseguir el preciado boleto del metro.
Total que después de una media hora de aglomerado sufrimiento, por fin lograba yo subir a los andenes, tratando entre empujones de llegar a la parte menos llena del andén (jajaja, pobre e inocente flaco tan iluso), me disponía a subirme en el primer convoy que llegaba (jajaja, pobre e inocente flaco tan iluso), y obviamente no lo lograba, como al tercer convoy que se aparecía, por fin lograba introducirme o más bien me introducían en vilo, sin tocar el piso por uno o dos metros (olvídense de la supuesta levitación de Chris Angel -creo que así se llama el mago que supuestamente levita después de pararse de puntitas-) hasta que me depositaban apachurradamente el una esquinita del vagón, con la cara embarrada en un tubo, el cual tenía incómodamente entre la oreja, la sien y mi inmenso apéndice olfatorio -vulgo nariz-.
Como podía lograba destrabar mi cara del grasiento tubo, y empezaba a respirar un poquito, ya que el apachurramiento era inmenso, por dos estaciones lograba mantenerme más o menos estable, hasta que llegaba a La Raza y la raza me sacaba, pobre flaco ahí va pa'afuera y en menos de lo que me daba cuenta, la línea ofensiva de los vaqueros de Dallas, me volvía a meter, pero ya en medio de ambas entradas del vagón.
Poco, muy poco podía respirar y moverme, sólo lograba hacerlo cuando pasaba un respetable y educado ciudadano que traía alguna mercancía para vender, por que para colmo de males, aparte del gentío, se encuentran los vendedores, que son casi casi los dueños del metro y que cuentan con una gran variedad de productos (discos, chicles, medicinas, desarmadores, lupas, lamparitas, revistas, tazos, pulseras y cuanta madre!!!) y cuya cancioncita vendedora empieza así...vengo directamente de la fábrica de productos X, para ofrecer de oferta, de novedad, de propaganda....para que no lo ande comprando en tiendas, farmacias y autoservicios en su precio comercial de....y así...
Y bueno, aparte están los payasitos, los sordomudos, los tuertos -que venden discos pirata jajaja-, los chavos de la calle faquires (yo también tenía que hacerle al flaquir, contorneando mi frágil cuerpo para dejarlos trabajar libremente) y demás etcéteras, que hacen que el viaje sea muy grato y variado
Ya por ahí de la estación Eugenia, por fin podía yo acomodarme en la parte media del vagón en donde están los asientos y de repente me fijaba en el vidrio de la rayada y grafiteada ventana, me veía y espantadamente pensaba...¡ay güey!...mi saco sólo lo traía puesto a la mitad del cuerpo y la otra mitad arrastrando en el piso, el pantalón arriba de las rodillas lo que hacía parecerme al chavo del ocho, la corbata con un moño arriba de la cabeza como la ratona Mimí y mis zapatos se parecían a los de los señores que limpian los caños.
Ya medio me arreglaba y al fin llegaba a la estación de Coyocán en donde me bajaba todo magullado, adolorido y cansado...Al llegar a la oficina después de dos o tres horas de viaje, invariablemente Germán (el director) me decía...”ay ingeniero -en la Procuraduría me llamaban ingeniero, sin serlo, a pesar de que repetidamente les decía que no lo era- ¿por que llega tan tarde?...grrrrrr.
Esto lo sufrí por muchos años, a diario, ahora, cada vez que abro la puerta de mi suntuosa residencia -aquí resido- y me dispongo a bajar las escaleras para abrir mi changarrito, dibujo en mi cara una alegre sonrisa de satisfacción.
Gracias, les debo la musiquita pa' la otra ok?
Felices fiestas..cuídense!!!
Atentamente.
El Flaconauta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario